Žižek vs. McGregor

El combate del siglo se propagó en las redes. Las entradas para verlo han llegado a costar más de 1.000 dólares. La retransmisión en directo, 15.  Se preparaba el ambiente. Combatientes de diferentes disciplinas, en teoría encarnizadamente opuestos.  Los aficionados a uno u otro bando  hacían sus apuestas. Hace un año y medio eran Floyd Mayweather Jr. vs. Conor McGregor. Hoy son Slavoj Žižek y Jordan Peterson. El filósofo marxista y psicoanalista lacaniano, contra el psicólogo jungiano y coacher capitalista. 

Un sábado que no se atreve a llover en tromba pero que persiste en su lagrimeo.¿Nos vemos la Super Bowl intelectual, que ya la han colectivizado?


Empiezan las presentaciones y los jaleos de los hooligans producen cierta vergüenza ajena, como la de algunos futbolistas retirados que, por amor al fútbol,  evitan ver partidos en los bares y se horrorizan ante determinados tipos de aficiones. Žižek no lo soporta. Se retuerce en su asiento. Peterson lo lleva con más elegancia, está acostumbrado a los aplausos, juega en casa. 



En la era de la información el acceso a los grandes espectáculos es sencillo. La revolución no será televisada, pero el espectáculo está a un golpe de cursor. Muhammad Ali contra Foreman, el gol de Maradona a Inglaterra, y el de Zarra, y claro, Foucault y Chomsky, el mismo Žižek, como un gato persa, ronroneando a Varoufakis… Eso si han sido partidazos. 


Se encienden las luces. En la esquina derecha, Peterson, con un traje tres piezas azul corporativo, portátil  de marca conocida y última generación, gomina. En el sofá izquierdo el esloveno, vestido con lo primero que ha encontrado y  manoseando unos folios y un bolígrafo. 

El canadiense entró confiado, se creía preparado para la ocasión pero cometió el error de no haber visto ni un solo combate de su oponente. Avanza seguro, tiene ensayados los movimientos de casa, las pausas, las sonrisas. El primer discurso, que pretendía sentar las bases de un ataque, se construyó contra un  hombre de paja basado en la lectura  superficial del Manifiesto comunista, una obra menor y panfletaria de 80 páginas. Es pegador pero le falta táctica y se había dejado las defensas bajas. 

Žižek, más veterano,  aparece encarnando la contradicción, el autodenominado narcisista, pesimista y coqueteando a veces con lo misántopo, había presupuesto más munición a su contrario, más conocimiento a sus oyentes. Entra incómodo, ansioso, titubea, no es su espacio, no es su lengua. Hace un breve resumen de las cosas que ha dicho anteriormente y va abriendo lineas discursivas.  Termina el round de tanteo. Se acaba el combate. 

Peterson no estaba preparado para un análisis multidisciplinar.  Dispara al aire. Trata de dar varios golpes pero no acierta a tocarlo. Todos sus postulados sobre el comunismo se basan en falacias. Todos sus datos sobre el capitalismo se basan en estrangular las estadísticas. Elimina los avances médicos en la tasa de mortalidad infantil africana, y los parentescos genéticos de sus argumentos biologicistas, repite incansablemente una letanía optimista sobre su Fe (casi religiosa)  en la corrección natural de los conflictos humanos a través del libre mercado, habla de la revuelta de los Kulaks como si fueran empresarios demócratas y no estuvieran inscritos en un sistema de servidumbre, y de las hambrunas del Holomodor, como si estos kulaks no hubieran matado en un año la mitad de los caballos de Ucrania y quemado todas las cosechas a lo largo del alto Volga. Finge ignorar que Rusia, antes de ser la URSS vivía en un absolutismo preindustrial, y que a los 40 años estaba mandando a Gagarin al espacio… Y se queda tremendamente desarmado cuando es consciente de que habla con un hombre que creció en el comunismo. 

Žižek se relaja, pero se le ha acabado el juego. Se ha dado cuenta de que está contra un sparring. Le pone en bandeja la crítica al postmodernismo, como enemigo común, buscando fuera de la lona un oponente que no llega. Monta su monólogo, repite los chistes conocidos, dice un par de barbaridades inflamables sobre Sudáfrica y las minorías, esperando soliviantar a los presentes, como ocurre en sus habituales espectáculos, pero no prenden porque predica entre conversos. 

Mete a un  Foucault deformado para tomar distancia,  pero no tiene feedback,  se aburre.  Peterson trata de adularlo. Žižek se  declara un ortodoxo. Peterson contraataca con una teoría del bienestar ideológica y científica en la que altera la terminología pero propone al individuo una deconstrucción con otros términos. 


Llega el último round, se dan la mano. Jordan elogia las formas del combate. Cualquiera diría que Slavoj ha ganado por puntos, pero su broche final ha sido un ataque a las minorías, de esos que tanto alimentan a las derechas obreristas. 

Su único nexo de unión es el furibundo desprecio al postmodernismo mientras hablan de reconstruir ideologías y encarnan la sociedad del espectáculo. 

 

El mismo sabor de boca que dejó Mayweather tonteando 10 rounds contra McGregor. Coreografíado, desigual… 
Fantaseamos con que dentro de unos días en su twitter, Peterson, como Mc Gregor, publique: “El orangután preso que obedeció las reglas del circo y se enriqueció a más no poder de ello”.




Comentarios

Nemo ha dicho que…
Lo he gozado casi tanto como el debate real. XD

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