El tendido vicioso e iracundo

"a ti no te distrajo,
el tendido vicioso e iracundo,
el difícil trabajo
de ir a Dios por la muerte y por el mundo."

Miguel Hernández



A sabiendas de que la neutralidad no existe siempre me ha parecido que lo más honesto es plantear desde el principio el posicionamiento personal. Soy profundamente antitaurina. Puedo argumentar desde muchos puntos de vista con respecto a por qué creo que debería abolirse ese atavismo histórico. Pero el discurso ético ya lo conocemos y no hay ética sin estética. 

Me he enterado de la última cogida de Juan José Padilla. Nada relevante vista su trayectoria. Una trayectoria que lleva grabada en la cara. Y quise saber. Busqué información sobre él, leí entrevistas. Me encontré con la antítesis absoluta de lo que yo defiendo. Una persona de derecha nacional católica con lo que yo considero una visión voluntariamente sesgada de la realidad. Sin embargo no creo que sea conscientemente un mal tipo. De hecho creo que se esfuerza seriamente en lo contrario. Un tipo conservador pero trabajador, serio y sentimental.

He visto imágenes pese a que no quería. No soy especialmente escrupulosa con la sangre. Pero reconozco que siempre me parecen obscenas las imágenes públicas de personas que sufren algún dolor intenso, del tipo que sea. No se si es pudor, superstición o algún tipo de tabú no elaborado. 

Me hiere, sin embargo, más que el dolor, la reacción popular a la violencia. No distingo a algunos que se dicen taurinos y antitaurinos en el goce sanguinario de la fiesta. A quienes pagan por el sacrificio y a quienes celebran la cogida, con una frivolidad sólo posible si eres capaz de deshumanizar a un hombre hasta gozar de verle desmembrado. Mismo juego, mismas reglas y dos bandos. No hay posibilidad de cambio. Asíque intenté entender los códigos. Me encontré con una entrevista en la que explicaba su proceso de recuperación y sus motivaciones para volver al ruedo tras la más grave de las que conocemos. La más evidente. Una tras la que ningún sindicato o colegio profesional1.  que merezca ese nombre le hubiera permitido volver a poner un pie en la arena. Una que le quitaba nada más y nada menos que la visión en profundidad. La física. Con respecto a la visión personal precisamente pecaba de lo contrario, no iba a lo concreto, iba a lo absoluto. "Dios es el ojo que me falta".

Y ahí estaba, un tipo terriblemente desfigurado explicando impasible, de forma bastante escueta, muy estóica, que recogió con sus propias manos su mandíbula, su ojo y parte de su propia cara del suelo antes de que lo llevasen a la enfermería, que tras eso fue intervenido un numero infinito de veces para poder recuperar la máxima funcionalidad posible, pese a que evidentemente había cosas irrecuperables, y que tras cinco meses había vuelto a hacer lo mismo. Me recordó a la forma en la que las personas torturadas se desdoblan para hablar de sus torturas. Con distancia, sin emoción, narrándolo como si fuera una experiencia ajena.

El resto de la entrevista era una exaltación romantizada del toreo, un alarde extremo de conocimiento técnico y sobre todo una glorificación del thanatos. Dice “En el toreo se sufre de verdad y se muere de verdad” y pienso -En algo estamos de acuerdo.

El problema es que para él eso es una virtud, para mi la principal defensa de su abolición. A partir de ahí descubro todo un imaginario simbólico. Donde yo veo a un mamífero herbívoro ungulado, de condición, aterrorizado, sometido a un estrés tremendo y tratando de buscar una salida desesperadamente, él ve a una criatura con cualidades absolutas, todas morales, todas humanas: bravura, nobleza, valor... - ”No le guardo rencor alguno al toro, el hizo lo que tenía que hacer y yo hago lo que tengo que hacer, fue una circunstancia”.- Nunca habla de los toros, individuales, bóvidos, los machos de las vacas, animales independientes... Habla del Toro. Un toro telúrico, universal, un solo actor, una criatura absoluta, consciente de su destino, diamantina, una idealización, un símbolo de la eternidad repetido en lo efímero. Como si sólo fuese una y otra vez el mismo animal resucitado, seis toros seis, repitiendo la condena del infierno griego al minotauro y él, un torero, uno de los toreros, El Torero, encarnase una y otra vez a Teseo. Teseo, que es el héroe cuando mata al minotauro, torna instantáneamente en un miserable cuando abandona a Ariadna, y en un olvido, provoca la muerte de su propio padre convirtiéndose a sí en un indeseable.

Mientras el ciclo se repita, la identidad del héroe está asegurada.

Pero no nos confundamos, Padilla no está enfocado a la heroicidad griega. No son laureles lo que quiere. El es Católico, Apostólico, y sin duda, Romano. El es el gladiador que aspira a la gloria. A salir a hombros por la puerta grande aunque sea sangrando. O tal vez porque lo hace sangrando. “El sufrimiento es parte de la gloria”

Es el sacrifico lo que lo glorifica. Es su riesgo a morir lo que le legitima para matar. Me recordó a la forma en la que los soldados que regresan con los miembros cercenados, tratan de buscar una justificación suprema que les haga sobrellevar la amputación. Algo tan brutal no puede ser un simple accidente del destino. No puede ser un simple error. Tuvo que ser por una razón suprema, por la Libertad, a lo mejor, por la Patria, por Dios, por el Arte... Si eso era. Debe ser por el Arte.

Mientras leo la entrevista me imagino en su lugar. Mientras lo leo hablar del Toro, de la Virgen del Carmen, de su Matrimonio como institución sagrada, con ese vocabulario tan adecuado y tan clarificador sobre su iconografía vital, me imagino su dolor, el shock bestial del momento, la depresión, el hundimiento, el cuestionamiento del yo, las inseguridades, las dudas...

Es fácil ejercer un juicio moral sobre quien representa lo opuesto a nuestros principios si su fundamentación es el egoísmo. No me interesa en absoluto el ganadero, el apoderado, ni ninguna de las justificaciones para sus motivaciones terrenas. Es un interés económico, es decir, es un pecado bastardo, básico, vulgar, es ese poder barato de los billetes en fajo. Pero cuando juzgamos al que se sacrifica, no podemos usar ese criterio.

Pienso en Padilla, treinta cogidas, una en el rostro, varias muy graves. Y en ese momento en el que estás en mitad de la vida, sin haber hecho jamás otra cosa, siendo única y exclusivamente eso, sin haberte cuestionado nada de tu cultura, rodando por inercia en las costumbres carpetovetónicas de nuestras miserias, acumulando una tradición tras otra, todas mistéricas, todas hereditarias, todas solemnes. Pienso en como sería ponerle delante esta visón mía, tan prosaica, tan mate, tan desmitificadora, quitándole los brillos al vestido, desvelando al toro, al caballo, como pobres animales forzados a una experiencia horrible que no entienden, negando esa capacidad mágica de resurrección sisífica, transformando el manto de la Veronica sobre el rostro de Dios Encarnado en un trapo que ciega la cabeza a un animal ensangrentado, negándole el sentido a la muerte, el destino a la vida... ¿Que quedaría de él con esto? Apenas si un pobre hombre con el cuerpo inútilmente destrozado.

Pienso en la afición jaleándole. Lo he vuelto a ver, en sus redes sociales. Todo son palabras de aliento que convierten esta cogida en una más, en algo trivial, en un “ya te recuperarás” en “no pasa nada” disfrazado de aplauso. Tan hipócrita, tan cruel. Él no lo ve así, al contrario. Es el refuerzo. De eso engorda. “Me miro al espejo con orgullo” De esas personas que si disfrutan de la contemplación obscena de su dolor y de la muerte. Pienso en su familia. ¿Nadie se preocupa de este hombre?¿Nadie le dijo nunca que parase, que ya era suficiente, que con lo que tenemos nos apañamos, pero yo te quiero en casa, sano, seguro, y ya veremos?

Padilla no ha sido nunca uno de esos toreros de abolengo. Ni siquiera los altos círculos del toreo han acogido bien su trabajo. Procede de familia trabajadora, de panaderos de pueblo gaditano, y hasta la espectacular cogida de Zaragoza, se prodigó en corridas duras, peligrosas, baratas y carniceras. Era un torero veterano con fama de valiente, tosco y bullidor (que por lo visto significa apasionado en la jerga a la que nos referimos) y que caminaba a su retiro sin pena ni gloria y sin embargo, ese gusto morboso de la afición taurina por los despedazamientos, lo empujó de nuevo al ruedo. Su nombre ya sonaba, su caché subía, tenía que volver antes de curarse para que nadie se olvidase de que existía.  Se le cerró un ojo de la cara y se le abrieron las puertas de la Maestranza. Qué crueldad, qué placer carnívoro, que paladar homicida...

La vida es una cuestión de contraposición de emociones. Una existencia monocorde, gris, plana, no es algo que nuestro imaginario relacione con al Vida. El miedo extremo, el dolor, el sufrimiento, la perdida, son emociones intensas que nos hacen percibir nuestra existencia. Eso no es malo per se. Todos lo buscamos, algunos en una concatenación de relaciones sentimentales obsolescentes, otros en el conflicto constante con nuestro entorno, en los deportes de riesgo y sobre todo, en la ficción. El gran atractivo de las artes, de la música, de la poesía, del cine, de la pintura, es la capacidad de transmitirnos un pensamiento, una emoción o una evocación que directamente nos lleve a una de esas complejidades. Hay cierto goce necrófilo en el romanticismo, cierto sadomasoquiso en el realismo ruso y yo no se vosotros, pero a mi me encanta llorar en el cine.

Sin embargo el toreo no juega con la ficción. El sufrimiento es de verdad, la muerte es de verdad. Eso tan simple.

Siempre he criticado a quien en su intento de hacer arte peca de efectista. Me aburren infinitamente los esfuerzos de transgredir contra mi moralidad. Creo que pocas cosas hay más simples que recurrir al sexo o a la violencia extrema si se busca una reacción en el espectador porque a lo mejor estamos confundiendo pensamiento, sentimiento o al menos emoción, con sensación pura y dura. El mérito está en la evocación.

Así, esta literalidad extrema del toreo, tampoco me sirve para justificarlo. Todos los discursos sobre su estética se desvanecen cuando se pone en la mesa el espectáculo morboso del dolor y de la muerte. Tras todo el discurso metafísico, casi alucinógeno, casi sagrado, aparece esa vulgaridad final que lo reduce al asco. Nada más primitivo, nada más bajo, que el morbo de sangre derramada. El arte ha de ser inherentemente creativo, por tanto no podemos llamar arte a lo que es, por definición, destructivo. Nada más destructivo que la muerte.

Veo a ese hombre, treinta veces roto, veo como su concepto de sí mismo, su identidad se yergue sobre el sacrificio, no puedo dejar de ver en su mera existencia una evocación trágica a ese “viva la muerte” de Millán Astray, para que su afición le siga reconociendo como un hombre, como un valiente, no como un tullido. Ese hombre empeñado en convencernos de que está ahí por decisión propia, de que está así por decisión propia, de que es como quiere ser. Ese hombre, vertebrado a pecados, tradiciones, mitologías y suturas... Repitiéndose al espejo “Este soy yo y soy un hombre libre”.

La identidad es mentira ¿Como puede una entidad reflejarse en sí misma? y la libertad.. ¿Puede un ser humano ser libre? ¿De verdad ha conocido otra posibilidad que la de aceptar ese destino? Ese destino trágico. Nadie es libre, pensamos en el idioma que nos precede, nuestro dios es un destino geográfico, nuestra ética una construcción histórica.. Incluso desde el más absoluto cuestionamiento estamos atrapados. ¡Qué soberbia creerse libre!¡Qué soberbia creerse uno!

El caso es que leía que era su última temporada, que se cortaba la coleta, que se retiraba de los ruedos, y me dio pena Padilla. Ese hombre que no me cae bien, enemigo mío en cada planteamiento ético, con el cuerpo destrozado, saliendo de nuevo, por ultima vez, ensangrentado de la plaza. Yo no le deseo la muerte, claro que no, pero si la retirada. Lamento que sea así, tan fea, tan cruel, tan insistente, y no una mucho más segura, más precavida, con menos dolor en el camino. Una retirada previa, que no hubiera dejado un reguero de sangre de hombres, caballos y toros, mezclada en la arena para goce de un público sádico, morboso, tan incapaz para la metáfora que no puede sino pedir la literalidad de la carne. Me da pena ese hombre reducido a un símbolo anticuado y mutilado para el que ya no quedan puertas grandes. Me pasa con él, como con los delincuentes que lo son por que han nacido en lugares horribles, marcados por un designio de puñales. Que los considero más dignos de piedad que de castigo. Tal vez por eso no me hacen gracia las bromas contra este pobre hombre, que para justificar la fiesta humaniza al toro y se deshumaniza él, viviendo a puerta gayola para que otros, ganaderos, empresarios, representantes, se llenen los bolsillos con los trozos de su cuerpo que ha ido dejando por las plazas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Hablo de colegios profesionales y sindicatos sin tener la más remota idea de si existen aunque supongo que alguna institución existirá que regule esto si es algo que, por lo visto, es una actividad profesional a nivel legal. Perder la visón en profundidad y parte del oído, sufrir desequilibrios y vértigos debería haberle supuesto una incapacidad para este oficio puesto que claramente merma su percepción, su capacidad de reacción y supone para él y para quienes le acompañen en la plaza un claro aumento del riesgo.

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