Calima

-No salgas, que hay Calima.- Almería en verano. En el último piso porque mi abuelo se empeñó en que “no le pisara nadie”. Y a mí las paredes me ardían, por el calor y por el tedio. El Tour de Francia en la televisión. Las mujeres en la cocina. 40°. 4:35. 1989.

Mi padre y mi tío hipnotizados frente a un televisor minúsculo. Mi madre fregando. Mi tía haciendo el café. Mi abuela en su silla, colocada en la esquina de la corriente, como una gata vieja que conoce por donde pasa el viento. Yo vagabundeando aburridísima, con el cuerpo blanco del salitre, aún en bañador. Aburrida e inquieta, buscando en el frescor del terrazo un poco de clemencia, lista para el momento en el que una voz adulta me abriese la puerta del redil para volver a la playa. Mi tío Gabriel, que fue marinero -No se puede salir. Hay Calima.- y yo- Abuela, ¿que pasa con la Calima?- y ella: Que te quema la piel y te seca los ojos.

“Te quema la piel y te seca los ojos”. Yo, asomándome al balcón, la calle, desierta, Nadie. Nada. Solo una luz afilada que rebotaba en las paredes blancas y acuchillaba las pupilas. Y nadie. Ni una persona; ni un animal, ni una sombra. Algún algarrobo, alguna higuera soportando estoicamente el cielo a plomo sobre sus hojas verdes. Hay Calima. Y tú no la ves pero te quema la piel y te seca los ojos. Un velo anaranjado, amarillento, azufrino que empañaba los objetos. Calima. Que no me dejaba salir. Calima era mi demonio del mediodía.

Y por las noches soñaba que me escapaba, que doblaba la esquina y de pronto me encontraba a alguien, con la piel abrasada y las cuencas vacías, secas, inútiles, palpando con angustia las paredes, monstruoso y ciego porque se había encontrado con Calima. Me despertaba en las sábanas empapadas en sudor, a oscuras, horrorizada.Calima, invisible e implacable. En todas partes. Calima, que te abrasaba la piel y te secaba los ojos. Calima que venía envuelto en su halo infernal. Mi demonio del medio día.
Resulta que solo era un viento que soplaba desde el desierto. 

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