Versus

“Are you a girl or are you a boy?” V. no sabía que responder nunca a esa pregunta y se limitaba a sonreír con sus dientes rotos, subiéndose las gafas con dos dedos, mientras el nerviosismo y el flequillo le tapaban los ojos. V. era (es) de todo. Dibujante de cómic y guitarrista, hacía fotos preciosas de una melancolía íntima y grosera, de un gusto dudoso y alarmante. Y escribía, escribía bien. Y hacía camisetas, diseñaba chapas, tuneaba marteens y chuckies, y subsistía, casi milagrosamente, a base de paquetitos, que enviaba por correo, llenos de maravillas "do it yourself".

V. es de todo, es un calidoscopio de sorpresas, un vórtice donde convergen lo digital y lo analógico, el pasado y el futuro, la violencia y la ternura, existencia híbrida, organismo cyborg, caricia en el pelo, mordisco en el brazo... Pero no ha sido nunca ni un chico ni una chica. Podía responder a todo, menos a eso.

Conocí a V. en un concierto de los Buzzcocks en el que, en un mal pogo, casi le rompí las gafas y seguro que le rompí el labio. A la salida me pilló fumando en un bordillo, a la puerta del Gruta, buscando un espacio de silencio, y se me acercó con descaro felino.
 
El pelo negro, pegado por el sudor a las sienes blanquísimas, los ojos enormes, verdes, los dientes rojos. Una sonrisa enorme. -Buen pogo. Si me rompes las gafas te mato. -Yo subí los ojos despacio, escalando sin prisa desde el suelo a la cima.  De los creepers a las medias de rejilla que enfundaban sus piernas, columnas dóricas rematadas con un short de vinilo. Una calada lenta y agotada, de pulmón abierto a saltos, como el reposo de un sherpa, y seguir. La camiseta blanca, absolutamente ridícula, de las Spice girls, tan jironada que uno de sus hombros se le escapaba por el cuello de corzo, hasta llegar a su boca partida, al labio pintado de sí mismo, anillado, al flequillo largo, lacio, teñido a la mitad, de rubio. - Hay que ser gilipollas para entrar a un pogo con gafas.- Se rió y el rojo de sus dientes era una oferta.
 
Y yo me reí también, porque agradezco a quien entiende que al punk se viene con todo llorado de casa. Empezamos a hablar de un evento en el que estábamos a un par de décadas de la media de edad del público y empezamos a proponernos “pasarnos cintas”. Me invitó a un concierto que su banda daba la semana siguiente en el Nasty. Yo acusé— Vaya… Pensaba que había ligado y era todo pura promo.-Volvió a reírse —No te he dicho que pagues la entrada. Te he dicho que vengas.
 
V. vivía en una de esas ciudades dormitorio obreras y ariscas. La mía era, para la gente de nuestra calaña, al menos entonces, más amable. No vivíamos en Madrid entonces, así que sus visitas se fueron haciendo regulares. Siempre traía algo, una chapa, una cinta, un cd… Una urraca invertida, que siempre ofrecía alguna cosita pequeña y brillante. Su nombre me lleva a conducir hacia su casa, por una carretera vacía, escuchando su propia voz en un cd que llevaba mi nombre.  Su voz me lleva al salón de sus padres, a tumbarnos en el suelo, viendo Casablanca. Cuadernos, humo seco, colores brillantes. Negro. Colores brillantes y negro. Así, claro, llegó la amistad, y después el deseo, se fue el deseo y quedó el amor. Siete veces te quiero, V.

Y ahora, veinte años más tarde, perdido el brillo de las pieles nuevas, del rubor del cansancio alegre, de la vida que recién empieza, despejada la duda de lo que íbamos a ser de mayores…  A veces me llama, y me visita, siempre con algo minúsculo en el bolsillo, brillante, un dibujo, una chapa, un recuerdo. Siempre con una dulzura incólume, una alegría extraña y una ironía triste y sosegada. Criatura rara, elegante y vulgar, lumpen chic. Siempre en contradicción de su propia existencia. Criatura frágil, enfermiza, febril, exagerada. Siempre pensé que se iba a morir un día cualquiera. Criatura fuerte, orgullosa, resistente. Siempre pensé que un día, me la mataban. 
 
Nos vimos hace unas semanas y me apetece vernos pronto. Sería más fácil llamar que recorrer, con las palabras, sus contornos, el perfil de su nariz, sus dedos largos, con sus uñas largas que en mi memoria siempre serán verdes. Me gusta oír su voz pasar distraídamente de un tema a otro, diletante y multicolor, como un pájaro exótico, entusiasmado por todas las flores tóxicas. Sin embargo, su voz, ave dispersa y omnívora, a menudo se posa en un sitio, el mismo sitio, brevemente, sin entretenerse demasiado, porque en veinte años los temas graves se conocen, y ya nos hemos sujetado muchas veces el pelo abrazados a retretes públicos, y nos hemos llorado en el regazo, y nos hemos lamido las heridas. Porque en veinte años no hace falta que me cuente cómo le rompieron los dientes. 
 
Pajarito oscuro y tropical, se posa en una rama, una sola y dice, sin decírmelo a mí, diciéndoselo al aire: “Imagínate haber nacido ahora. Imagínate saber, desde el principio, lo que tenía que decir.”
 
I fell in love with a dead boy, oh, such a beautiful boy Oh, such a beautiful boy I ask him are you a boy or a girl? Are you a boy or are you a girl?
 

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