Despedidas


Sintámonos culpables. Culpabilicémonos, de todas las maneras, en todos los sentidos, en cualquier dirección y dimensión... Haced que la culpa sea común, recíproca, que dialogue, que monologue, que haga soliloquios y conferencias. Tal vez muchos no conozcamos nuestro crimen, otros puede que nos hayamos convertido en monstruos dentro de nuestra realidad cotidiana, algunos acaso solo pequen de existir... Es lo mismo. Hoy estamos todos aquí reunidos para que la culpa nos haga débiles.

Y mientras un rumor de reproches íntimos discurre como el agua entre las miradas esquivas y las poses forzadas, la sala de espera se olvida del muerto, que sonríe apartado, callado como siempre, asintiendo o consintiendo, y defnitivamente sin nada que decir.

Ha dejado a su paso un reguero de hijos y de llantos, el vacío extraño de quien siempre estuvo ausente y un sabor a pena agria como esa que dan esos pajaritos mutilados, condenados a la tierra por algún indeseable.

Lo malo de la libertad es que cuando uno tiene la posibilidad de elegir, no siempre acierta. Lo malo de la memoria es que nos recuerda que una vez pudimos elegir algo distinto.

La muerte real siempre llega después. La muerte es unos zapatos encontrados debajo de la cama, la muerte es una calle, una plaza, la muerte es el sonido de la Marsellesa y pensar en Casablanca, la muerte es un tour de Francia, la muerte es decir “como yo digo...” como decía él...

Lo terrible llega después.

Veo a mi padre sentado, le oigo suspirar por las noches, maldecir en solitario... Le oigo hablar con su madre, ultimo vestigio de la infancia, tiempo pasado que él creyó mejor... Por el teléfono se agarra a ella, a la carne blanda de sus brazos, llamándola gorda busca en su voz la calidez de su regazo, la caricia en el pelo, el consuelo que como hombre ya no se atreve a pedir...

Yo, mientras tanto, camino por las orillas de su vida, procurando no hacer demasiado ruido.

Existe aún, entre él y su hermano, un murmullo secreto de recuerdos comunes. Existe por tanto, entre él y su muerte, unos celos privados que a mi no me conciernen.

La gente siempre se muere en primavera. Esto es falso. Hay que decir: A mí, la gente, siempre se me muere en primavera, cuando el aire aún es tierno, cuando brotan las fores, cuando todo son mañanas...

Luego llega el silencio. Las palabras prohibidas. La rutina se rehace como un decorado. Después, otra vez, nada.

 

Comentarios

Entradas populares