Asfalto

El animal inútil se hizo mandala. Siempre se equivoca el animal inútil. Esta vez trataba de explicarse.
La mera existencia del animal inútil es un insulto a la trascendencia. No entiende a los perros que atienden a su nombre ni a la gente que se mira en los espejos sin temor a desaparecer en su reflejo. No entiende lo eterno, el animal inútil. No entiende lo extenso. El animal inútil explosiona y renace. -He muerto muchas veces- dice- y no es para tanto-dice.
El animal inútil dijo- No soy, pero puedo hacer que algo sea-. Siempre se equivoca el animal inútil.
Secó cada emoción, hizo un polvo delicado de sí mismo y trazó una cosmogonía geométrica. Trabajó con la minuciosidad del entomólogo, clasificando, eligiendo, colocando. Dibujó cada línea, caminando de puntillas, conteniendo la respiración. Mucho tiempo estuvo haciendo eso, el animal inútil.
Cuando acabó, apenas le quedaban carne o sentimientos, pero casi se sintió orgulloso de su obra, del dorado brillante de su bilis, de la profundidad rotunda de sus huesos, de la proporción áurea de sus miedos, de la simetría vertical de sus temores...
Luego, lo que quedaba del animal inútil, se encendió un cigarro y se sentó en el bordillo a ver como la lluvia limpiaba el asfalto de sí mismo.
Comentarios